En el mismo borde de un lago, un niño observaba, cómo se acercaba la barca de unos pescadores a la orilla llena de rocas. Uno de los pescadores lanzó una cuerda desde la barca hacia las afiladas rocas.
Una vez que la cuerda quedó fuertemente fijada a una de las rocas, el pescador empezó a tirar de ella con todas sus fuerzas. El niño se giró hacia su padre le preguntó:
- Papá, ¿crees que ese hombre conseguirá que las rocas se acerquen a la barca tirando de la cuerda?
- ¡En absoluto! - contestó - Más bien sucederá todo lo contrario. Las rocas tirarán y arrastrarán la barca hacia ellas. Las rocas no se mueven. Es la barca la que se desplaza.
En nuestra relación con el Dios Invisible, ¿Quién tira y quién es arrastrado?
Nosotros no podemos mover a Dios. Es justo lo contrario.
Nosotros no encontramos a Dios. Hemos de permitir que sea Él quien nos encuentre.
Sin Él no podemos hacer nada.
Para ti que me escuchas...
La Voz del Invisible.
- Papá, ¿crees que ese hombre conseguirá que las rocas se acerquen a la barca tirando de la cuerda?
- ¡En absoluto! - contestó - Más bien sucederá todo lo contrario. Las rocas tirarán y arrastrarán la barca hacia ellas. Las rocas no se mueven. Es la barca la que se desplaza.
En nuestra relación con el Dios Invisible, ¿Quién tira y quién es arrastrado?
Nosotros no podemos mover a Dios. Es justo lo contrario.
Nosotros no encontramos a Dios. Hemos de permitir que sea Él quien nos encuentre.
Sin Él no podemos hacer nada.
Para ti que me escuchas...
La Voz del Invisible.
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